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Expert commission identifies 17 major global risks through 2100

A panel of experts has highlighted 17 significant threats to humanity, including nuclear conflict and the malicious use of artificial intelligence. The report warns that climate change could act as a threat multiplier, potentially leading to catastrophic outcomes.

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El País Authority 92

Si para algo ha servido la pandemia de covid o la guerra en Ucrania es para constatar que situaciones inesperadas, completamente sobrevenidas e imprevisibles, pueden alterar drásticamente la salud y hasta poner en jaque a la humanidad. El peligro puede llegar en cualquier momento y desde cualquier parte, pero la comunidad científica ha identificado un puñado de amenazas con potencial especialmente dañino para la supervivencia humana.

En un artículo publicado este domingo, una comisión de 37 expertos de la revista The Lancet señala 17 grandes riesgos para la salud mundial hasta 2100: a los sospechosos habituales, como las resistencias a los antibióticos, el cambio climático o la desnutrición, se han sumado otros desafíos emergentes, como el conflicto nuclear o el uso malicioso de la inteligencia artificial. “Aunque la probabilidad de ambos peligros sigue siendo baja, la magnitud del daño, si llegaran a materializarse, supondría un apocalipsis para la humanidad”, advierte la revista en un editorial adjunto.

La comisión ha evaluado cientos de amenazas para el ser humano, pero ha señalado 17 que representan el mayor peligro para la salud mundial y sobre las cuales los gobiernos, el sector privado y la sociedad pueden intervenir para atajarlas. En ese compendio de problemáticas con potencial catastrófico se encuentra la contaminación del aire, las resistencias antimicrobianas, una pandemia de origen natural, el cambio climático, la malnutrición infantil, las guerras convencionales, las desigualdades económicas, el bajo nivel educativo o crisis recientes, como el retroceso en la ayuda al desarrollo.

Hay también en esa lista problemas de salud bien conocidos, como el alcoholismo y el tabaquismo, la mala salud mental, la obesidad, el envejecimiento poco saludable o la hipertensión. Dicen los autores que esta clasificación no es estanca. Puede cambiar con el tiempo, sea por un giro de las circunstancias o por nuevas pruebas y datos que salgan.

De hecho, advierten, incluso hoy, que el grado de incertidumbre varía sustancialmente entre amenazas. Así, si bien el tabaquismo o la desnutrición tienen una trayectoria más clara, el uso malicioso de la IA o las guerras nucleares —las únicas dos amenazas consideradas por los autores con potencial de extinción— no ofrecen tanta evidencia consolidada y se desconoce su devenir a largo plazo.

La incertidumbre es elevada, pero el riesgo no es ficticio. Hace apenas un par de semanas, un extrabajador de la empresa de IA Anthropic alertó de que la IA podría acabar con la humanidad “antes de 2030”. Tras él, otros científicos del ramo se pronunciaron en la misma dirección, advirtiendo de grietas de seguridad en el desarrollo de la IA e incluso la propia compañía admitió que sus modelos conllevan “riesgos existenciales para la humanidad”.

La amenaza es tan real que los magnates de las grandes tecnológicas alertaron en la ONU de que la IA es “el problema de seguridad global más importante”. En su informe, la comisión de The Lancet recuerda que las 17 amenazas identificadas trascienden el ámbito sanitario y ponen en peligro además el progreso, la seguridad y la estabilidad mundiales.

Los investigadores han proyectado diversos escenarios plausibles y han calculado, para cada caso, los años de vida perdidos con mala salud que podrían evitarse si se tomasen medidas. “Algunas de las 17 amenazas ya están generando una carga considerable de enfermedad y otros problemas de salud, mientras que otras —entre ellas, el uso malicioso de la inteligencia artificial y el conflicto nuclear— podrían tener consecuencias catastróficas si llegaran a materializarse”, advierte Christopher Murray, copresidente de la comisión, en una respuesta por correo electrónico.

El científico señala, no obstante, que las predicciones del informe no son inamovibles: “Lo más llamativo no es únicamente la magnitud de estas amenazas, sino también que la humanidad sigue teniendo capacidad para actuar frente a ellas. Las decisiones que tomen hoy los líderes determinarán la salud y el bienestar de las próximas generaciones”.

El riesgo de un uso catastrófico de la IA es “profundo”, dicen los autores. El informe admite un alto grado de incertidumbre para cuantificar el peligro real, pero ven tres vías principales de amenaza: el desarrollo de nuevos patógenos mediante IA; también la integración de la IA en infraestructuras críticas que provoque fallos en cascada (por ejemplo, alucinaciones de sistemas de IA integrados en la práctica clínica, deepfakes políticos masivos, armas nucleares autónomas…); y por último, que una IA autónoma y desalineada con los objetivos para los que se creó provoque una pérdida de control.

Esta, ejemplifican los autores, “incluye la posibilidad de que los sistemas de IA desarrollen objetivos secundarios que los lleven a buscar la pérdida de poder de los seres humanos o su eliminación, especialmente si dichos agentes obtienen de forma autónoma acceso a redes financieras, infraestructuras críticas o herramientas físicas del mundo real”.

A la hora de cuantificar el riesgo de una catástrofe relacionada con la IA —que conlleve la muerte de al menos el 10% de la población mundial— y el peligro de extinción para 2100, hay debate entre los expertos consultados en el informe: los superpronosticadores (personas cuyas predicciones han demostrado ser, desde el punto de vista estadístico, significativamente más precisas que las de los expertos o las del público general) creen que el riesgo de catástrofe es del 2,1% y el de extinción, el 0,4%; los expertos en IA consultados, en cambio, elevaron las cifras al 12% y al 3% respectivamente. “La devastación que podría derivarse de una guerra nuclear no puede subestimarse”, advierten los autores.

Porque no son solo las muertes directas y los daños a largo plazo en la salud de los supervivientes; una detonación nuclear también generaría interrupciones en las cadenas de suministro y parones en la producción de alimentos, fallos de suministro, inestabilidad gubernamental y más riesgo de conflictos.

Además, una guerra nuclear podría proyectar tal cantidad de partículas a la atmósfera como para alterar la temperatura global y la producción agrícola, un fenómeno que se conoce como hambruna nuclear. Se estima que entre 1948 y 2010 ocurrieron 22 accidentes con armas nucleares y 21 incidentes en los que se estuvo cerca de que se produjera una catástrofe, recuerdan los autores.

Y advierten de que las crisis nucleares pueden darse por una escalada de tensiones internacionales, por una detonación accidental de armamento nuclear, por terrorismo o por el despliegue de armas nucleares a través de la IA, por ejemplo. De todas las variables posibles, aunque un accidente o una intervención terrorista son “preocupaciones serias”, el mayor riesgo procede “de crisis internacionales”, admiten.

No es baladí esta consideración, teniendo en cuenta la convulsión geopolítica en materia nuclear. Para empezar, por los bandazos del gobierno estadounidense, que hace medio año inició una guerra contra Irán, supuestamente, para frenar su programa de enriquecimiento de uranio e impedir que el país pueda desarrollar un arma nuclear; pero, a la vez, autorizó un acuerdo nuclear con Arabia Saudí, tradicional rival de Teherán, para que Riad pueda enriquecer uranio.

También Rusia hizo cambios en su doctrina nuclear, ampliando los supuestos en los que se permite usar armas nucleares. Los autores ven “especialmente inquietantes” los cambios en la política nuclear rusa y reclaman que se refuercen los tratados de no proliferación de armas nucleares y las iniciativas de reducción de arsenales.

La crisis sanitaria de la covid fue una demostración de la vulnerabilidad humana y de que el mundo estaba mal preparado para responder a una pandemia. Pero no debería haber sorprendido su dimensión, dicen los expertos. De hecho, puede volver a pasar: la tasa de pandemias moderadas disminuyó con el tiempo por las mejoras en la salud pública (vigilancia epidemiológica, vacunas…), pero la tasa de pandemias catastróficas no ha seguido esa trayectoria descendente, entre otras cosas, por el aumento de la interacción entre seres humanos y los animales salvajes. “La posibilidad de que una pandemia se vuelva catastrófica también depende de su grado de expansión”, explica la comisión.

Pero hay un caldo de cultivo favorable cociéndose a fuego lento: la urbanización, por ejemplo, ha generado presión humana sobre ecosistemas animales (favoreciendo la transmisión entre especies), pero también ha elevado la densidad de población en las ciudades, lo que alienta una transmisión más intensa de enfermedades infecciosas.

El brote de hantavirus que la primavera pasada puso en vilo al mundo es un ejemplo de la facilidad con la que puede expandirse una enfermedad zoonótica (de animal a persona) y desatar una crisis sanitaria. Según la comisión, la amenaza es real, pero su impacto es incierto. Entre otras cosas, porque también dependerá de la capacidad científica y tecnológica para desarrollar una cura o vacuna eficaz ante ese patógeno desconocido.

La comisión amplió el número de vías a través de las cuales el cambio climático podría afectar a la salud: puede ser por efectos directos de la temperatura, por enfermedades transmisibles, por efectos directos e indirectos de inundaciones (enfermedades diarreicas, por ejemplo), por exposición a incendios forestales y partículas contaminantes, por cambios en la disponibilidad de recursos alimentarios o por reducción de la productividad agrícola, entre otros.

La comisión señala que el cambio climático actúa como “multiplicador de amenazas”, agravando problemas socioeconómicos preexistentes. Ahora bien, la comisión asume que el impacto del cambio climático a lo largo del siglo no será uniforme, sino que se intensificará a medida que avance esta centuria e incluso, agrega, “podría escalar hasta convertirse en una amenaza de extinción en los siglos venideros si no se reducen las emisiones”.

Varios gobiernos han recortado sus partidas de ayuda al desarrollo. EE UU congeló y desmanteló programas enteros y, según un informe de la OCDE de este año, la caída de fondos fue del 23,1%: se quedó en 174.300 millones de dólares, niveles que no se veían desde 2015. La comisión señala que, aunque las consecuencias son inferiores a las de otras amenazas, los efectos del parón en estas ayudas se concentran en las regiones más desfavorecidas.

La esperanza de vida sigue creciendo. En 2023 estaba en casi 74 años y se estima que para 2050 supere los 78. Pero envejecer más no significa hacerlo bien. De hecho, recuerda la comisión, la diferencia entre la esperanza de vida y la esperanza de vida saludable ha ido aumentando sistemáticamente: entre 1990 y 2010, cada año adicional de esperanza de vida se asociaba a apenas un aumento de uno a 10 meses en años saludables.

La previsión es que esta brecha siga ensanchándose y que cada vez haya más personas que pasen los últimos años de su vida con más enfermedades y limitaciones, lamentan los autores. Quique Bassat, epidemiólogo y director general de ISGlobal, celebra el enfoque de este informe, en el que no ha participado. “Es un ejercicio interesante.

No se han fijado solo en la salud humana, sino también en la supervivencia de la especie”, justifica. Y defiende que esta pirámide de riesgos va más allá de la lista de potenciales desafíos para la salud mundial que publica regularmente la Organización Mundial de la Salud (OMS). “Los de la OMS suelen ser conceptos muy pragmáticos y abstractos.

Este es otro marco conceptual, pero que tiene que ser revisado periódicamente”, resuelve. Bassat destaca, de hecho, el grado de incertidumbre que conlleva mirar a los próximos 75 años. “En 2026 puedes hacer este análisis, pero igual en 2030 aparece un nuevo patógeno desconocido que se carga a la mitad de la humanidad y cambia todo”, reflexiona.

Quizás por eso, enfatiza, una de las cuestiones que más subrayan los autores es la necesidad de monitorizar estas amenazas para afinar pronósticos y minimizar el nivel de incerteza. Murray advierte, de hecho, que estas amenazas están interconectadas y pide abordarlas “de manera conjunta, no aisladas”.

La comisión reclama, además de monitorizar el riesgo, desarrollar sistemas sanitarios preparados para afrontar estas amenazas y acelerar la inversión en innovaciones revolucionarias.

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